Cuando comer en la mesa no es suficiente

Corría el minuto 92 en la semifinal del pasado martes y la retransmisión de la UEFA nos regalaba una imagen que vale más que mil palabras. En un día más bien tumultuoso por no decir nefasto para el club azulgrana, en la gradas de Anoeta se veía a una Laia Codina, producto de La Masía, desesperándose porque las jugadoras ofensivas del Wolfsburgo se habían comenzado a amparar en la táctica marca de la casa de la selección de Estados Unidos al final de los partidos complicados: subir al corner a perder tiempo. Kheira Hamraoui no podía ocultar su nerviosismo. Al fondo de la imagen, Leila Ouahabi lanzaba expletivos al aire de San Sebastián que tardaron poco tiempo en convertirse en folklore de las redes sociales.

La agonía y el cabreo eran justificados. El segundo mejor equipo de Europa, según el ranking UEFA y el consenso de los que siguen el fútbol femenino, llevaba media hora encerrado en su campo, achicando balones y pidiendo la hora ante un Barcelona que no hacía más que chutarle al arco iris. Un partido jugado de tú a tú hasta el minuto 58, cuando un centro de Huth medio rematado de chilena por Pajor había dejado el balón rebotado y muerto para que Fridolina Rölfo lo empujara al fondo de las mallas sin que nada pudiera hacer Sandra Paños para detenerlo. Hasta aquel momento, Mapi León y Andrea Pereira, no siempre valoradas como merecen, habían estado imperiales ante un cuadro atacante con dagas tan afiladas como Pernille Harder, Alex Popp o la misma Pajor. La media hora que le siguió fue casi toda culé. Pero el balón nunca entró.

El FC Barcelona salió derrotado del Reale Arena con la cabeza alta pero con la sensación de la ocasión perdida, del poder haber hecho más y mejor, del haber tenido a tocar otra final de Champions. La decepción escuece, pero el discurso ha cambiado. Ahora se habla de enfado y de injusticia futbolística, cuando hace solo un año el cuadro azulgrana se coló en la final de Budapest y se hablaba de esperanza y de comienzos, y de aquel partido se llevó un carro. Por aquel entonces, llegar a la final era el premio: mantener el tipo ante el mejor equipo femenino del mundo era el objetivo de la final. Esa final, también como ya es folklore del fútbol femenino, duró veinte minutos: lo que tardó Ada Hegerberg en cansarse de hacer goles. El objetivo de ‘aguantar el tipo’ no se cumplió, y desde entonces, el equipo ha hecho penitencia.

Hasta el martes, el Barcelona no había perdido ningún partido esta temporada, y había metido miedo en cada encuentro de la Primera Iberdrola. La justificación había sido clara por parte del club, del cual se había hecho eco Lluís Cortés, el míster azulgrana, tras haberse llevado por delante a la Real Sociedad en la final de la SuperCopa. Aquel día Cortés explicó el cambio y su motivación: que haberse visto superadas en la final de la Champions, tan comprensiva y humillantemente, hizo al equipo reflexionar. Que se dieron cuenta que para llegar a competir contra los grandes equipos y aspirar a ganar el título continental, las cosas tenían que cambiar. Más entrenamiento, más educación, mejor nutrición, etc. Los resultados hablan por sí mismos.

Este cambio ha sido notable en la competición doméstica, convirtiendo al conjunto azulgrana en un rodillo como lo son Wolfsburgo y Olympique Lyonnais en sus respectivas ligas. Lo que estaba por ver era si este rodillo se podia comparar con los otros, y si en los partidos importantes podia medirse con la ‘realeza’ europea. El equipo azulgrana lleva toda la temporada intentando responder a esa pregunta, y tuvo que esperar más de doce meses a volver a enfrentarse a un rival de entidad europea (con todos los respetos al Atlético de Madrid) y comprobar, con sus propios ojos y los ajenos, si el cambio había surtido efecto.

La respuesta la dieron Putellas y Cortés en rueda de prensa, pero quedó demostrada en el campo. El Barça ya come en la mesa de los grandes de Europa, pero sentarse en esa mesa ya no es suficiente. Como dice el refrán en inglés, ‘the goalposts have moved’: la portería se ha movido. Ahora que se ha demostrado que ya se ha llegado al nivel, lo que se exige es ganar. Este cambio de mentalidad es importantísimo, ya no sólo para el Barcelona y su empeño en conquistar Europa, sino para las jugadoras que componen este equipo, la columna vertebral de la selección española, y el futuro tanto de la competición doméstica como del conjunto nacional.

No hay distancia

La otra estampa de la noche llegó tras el pitido final. Alexia Putellas, la capitana y referente del FC Barcelona, buque insignia de una generación de mujeres que están cambiando la percepción de este deporte ante nuestros ojos, se prestó ante los medios para dar su análisis de la derrota. Con cara de circunstancias y voz quebrantada, se mostró tan honesta como firme. A la pregunta de Andrea Ginés sobre el desarrollo del juego azulgrana y que si sentía que la distancia entre ambos equipos, que en realidad es la distancia entre dos mundos, se había acortado, la capitana respondió con un seco pero contundente “no hay distancia”. Un silencio tan embarazoso como ensordecedor acompañó sus palabras.

En rueda de prensa, Cortés hizo ahínco en lo mismo. Que no sólo no hay distancia, sino que fueron mejores y que demostraron que las cosas han cambiado. Parece un sentimiento tan dividido como encontrado: la depresión de haber perdido una oportunidad de oro a la vez del orgullo de darse cuenta que todo lo hecho desde aquel fatídico día en Budapest no solo ha surtido efecto, si no que es el camino a seguir. Y este es el camino a seguir no solo para el Barcelona, que quiere ser campeón por encima de convertirse en uno de los grandes, que ya lo es. Es un camino que otros equipos de la Primera Iberdrola pueden seguir para, en algún momento, llegarse a poner al nivel del Barcelona. Para hacer crecer el nivel de la liga. Para asegurar el futuro de la selección nacional.

En el fútbol femenino, aunque las distancias se van acortando lentamente, todavía hay grandes fosas entre los países (y por extensión los clubes) que han invertido tiempo y dinero en este deporte. Durante muchos años, las ligas escandinavas fueron el foco de la atención y la cuna de todos los talentos europeos, porque ofrecían algo que era imposible en cualquier otro lugar: ser profesional y vivir del fútbol. Alemania es el otro país de Europa con similar inversión. Luego llegó el Olympique, que es la excepción en Francia y que demuestra que cuando se trata con igualdad a hombres y mujeres por hacer el mismo trabajo, se puede ser un equipo tan competitivo como demoledor. Con la tontería ya llevan cinco Shempions seguidas.

La competición española, con el Barcelona como actual estandarte, lleva dando pequeños pasos y también palos de ciego durante hace ya tiempo. Por extensión, la selección también se encuentra en ese lugar en el que, con más apoyo institucional durante los próximos años, puede codearse con equipos que, hasta hace muy poco, sólo podía aspirar a recoger balón tras balón del fondo de las mallas. El discurso, como con el conjunto azulgrana, también ha cambiado. Ahora ya son dos derrotas por la mínima contra la todopoderosa Estados Unidos, y una gran actuación en la SheBelieves, en las que España no solo dejó buen juego, sino que además venció a equipos dos equipos del top 10 mundial. También se habla del ‘mal’ partido hecho ante Alemania en el Mundial, en el que solo un error defensivo condenó al equipo de Jorge Vilda, cuando hace apenas cuatro años las jugadoras tuvieron que salir a protestar ante los medios el trato infernal recibido por el entonces seleccionador, que mermó cualquier aspiración de ser competitivo en la primera cita mundialista para España.

El Barcelona demostró durante noventa minutos que hay motivos de peso para justificar el cambio de discurso, el ‘movimiento de la portería’ y la exigencia de resultados de ahora en adelante. Ya no es llegar a la siguiente ronda y rezar para que no nos bailen. Ya no es pasar a la final pero estar agradecidas por lo conseguido. No. La distancia ya no existe: ahora hay que jugar para ganar. Las jugadoras que han hablado desde la eliminación lo han dejado claro: participar ya no es suficiente. Comer en la misma mesa ya no satisface. El cambio de discurso es clave en la probable consecución de los objetivos en un futuro más bien próximo, ya no solo para el Barça, sino para el fútbol español en general. Pero que no se nos olvide de donde venimos. Enorgullezcámonos del trabajo que se ha llevado a cabo para que ahora esta eliminación se sienta tan amarga. Y miremos para adelante sin olvidarnos de lo que queda detrás.

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